Compartimos a continuación el texto propuesto por el Arzobispado de Lima, que podemos replicar en nuestros hogares para venerar a nuestra Madre celestial.

Sugerencia: Colocar una mesa con mantel blanco, encender un cirio, adornar el altar con flores. Podemos colocar el lema del mes mariano en un lugar visible: «¡CON SANTA MARÍA Y SANTO TORIBIO, SEAMOS MISIONEROS DE ESPERANZA!»; y acompañar con cantos marianos el momento del ingreso de la imagen de la Virgen María.
Palabras iniciales:
Queridos hermanos y hermanas, como comunidad de fe nos hemos reunido para iniciar el Mes Mariano. En este camino de Iglesia que camina unida, contemplamos a María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, como una mujer sinodal, que nos enseña a vivir la comunión, la participación con generosidad y la alegría del salir a anunciar el a salir el Evangelio. Ella, con su presencia maternal ilumina nuestro caminar como pueblo de Dios y nos anima a seguir construyendo una Iglesia fraterna, cercana y misionera, en medio de un mundo en crisis y herido por las guerras, la violencia y delincuencia.
Nos ponemos en pie para participar de la entronización de la imagen de la Virgen María.
Lector 1: María, Tú que supiste crear comunión con los discípulos reunidos en oración a la espera del Espíritu Santo el día de Pentecostés, enséñanos a caminar juntos como Iglesia sinodal.
Lector 2: María, Tú que supiste estar atenta a las necesidades de tus hijos en las bodas de Caná, participando de la alegría y de la vida de tu pueblo, ayúdanos a ser una comunidad cercana y solidaria.
Lector 3: María, Tú que participaste fielmente en la misión de tu Hijo y aceptaste ser madre de todos junto a la cruz, inspíranos a ser discípulos misioneros que anuncien el Evangelio con esperanza.
(Podemos acompañar con un canto Mariano)
Oración final a María: Corazón de nuestra Iglesia Sinodal
Santa María, Madre de la Iglesia y modelo de nuestro caminar. En este mes de mayo, la Arquidiócesis de Lima se pone a tu escuela para aprender a ser una comunidad sinodal y misionera.
Danos tu corazón que escucha y ora, para acoger con fidelidad la voluntad del Padre. Concédenos tu audacia para meditar y dialogar, buscando siempre lo que Dios desea de nosotros. Enséñanos a decir contigo, «Sí», al llamado de Dios para ponernos en camino y ser una Iglesia en salida que actúa con prontitud y sirve con «alma y corazón» a los más necesitados.
Que, unidos a ti y a Santo Toribio, seamos misioneros de esperanza en todo tiempo y lugar. Por Jesucristo nuestro Señor
Amén.
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