Vía Crucis de Dios en el Vía Crucis del hombre
Queridos hermanos, todos viernes de Cuaresma, estamos invitados a meditar el Vía Crucis en nuestro templo parroquia, después de la Misa de 6:00 p.m. ¡Te esperamos para orar como Comunidad Parroquial Pasionista!
Compartimos a continuación las Meditaciones del Clemente Sobrado cp.

- Primera estación: Jesús es condenado a muerte
- Segunda estación: Jesús carga con la Cruz
- Tercera estación: Jesús cae por primera vez
- Cuarta estación: Jesús se encuentra con María, su Madre
- Quinta estación: Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la Cruz
- Sexta estación: Jesús se encuentra con la Verónica
- Séptima estación: Jesús cae por segunda vez
- Octava estación: Jesús se encuentra a las mujeres de Jerusalén
- Novena estación: Jesús cae por tercera vez
- Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
- Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz
- Duodécima estación: Jesús muere en la Cruz
- Decimotercera estación: Jesús es descendido de la Cruz
- Decimocuarta estación: Jesús es enterrado en el Sepulcro
- Reflexión Final
Presentación
Los caminos de los hombres son los caminos de Dios.
Señor, no andamos por caminos diferentes.
Tú andas por donde nosotros andamos.
Y nos pides que nosotros andemos por los tuyos.
Ni Tú quieres caminar en solitario,
ni quieres dejar que nosotros caminemos en soledad.
Nosotros queremos ser tus Cireneos que te ayudemos a llevar tu Cruz,
como tú quieres ser el nuestro que nos ayudes a cargar con las nuestras.
Tú cargas con tu Cruz, que en realidad no es tuya.
Es la que nosotros hemos fabricado para ti.
En tu Cruz están todas nuestras cruces.
Por eso, Tú y nosotros, cargamos la misma cruz.
Tú sabes mucho de cruces. Nosotros también.
Enséñanos a ser fuertes y que, como Tú, podamos llegar juntos al final del camino.
Cansados, sí, pero con suficientes fuerzas todavía:
Para pensar y preocuparnos por los demás.
Para entregar nuestras vidas por los demás.
Para tener la suficiente serenidad de decir al final del camino:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Primera estación: Jesús es condenado a muerte

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Marcos 15,12-15
«Pilato continuó diciendo: «¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?». Ellos gritaron de nuevo: «¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: ¡Crucifícalo! Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.«
Declarado inocente, pero condenado a muerte.
Demasiados inocentes que no tienen para pagar un abogado que defienda su inocencia.
Porque hoy, Señor, lo que hay que probar no es el delito, sino la inocencia.
No importa si eres inocente. Tienes que demostrarlo.
Y aún así no te creen.
A Ti te reconocieron inocente. Pero no te creyeron.
Hoy no condenamos a la cruz. Pero condenamos a pudrirnos en la cárcel.
Y todavía nos lavamos las manos. Nadie quiere hacerse responsable.
Hoy no existen responsables.
Jesús no tuvo abogados para su defensa.
Tampoco Él quiso defenderse.
Así se identifica mejor con todos esos crucificados inocentes a quien nadie defiende.
Señor, hoy hablamos mucho de los derechos humanos.
Pero ¿Quién reconoce esos derechos en el otro?
¿Y, me quieres decir, dónde están los derechos de Dios?
¿Y puede haber derechos humanos cuando le negamos a Dios los suyos?
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Segunda estación: Jesús carga con la Cruz

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Marcos 15,16-20
«Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo: «¡Salud, rey de los judíos!». Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de Él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.»
No solo es condenado a ser crucificado.
También tiene que llevar y cargar con su propio suplicio.
Los hombros de Jesús ya saben ahora lo que pesan las cruces de los hombres.
Los hombros de Jesús ya saben que las cruces no las hace Dios sino que las fabricamos los hombres.
No es Dios quien nos manda las cruces.
Las cruces las hacemos los hombres: para Dios y para los hombres.
En nada se diferencian las cruces de Dios y las cruces de los hombres.
Todas ellas son de la misma madera. ¡Triste destino de la madera!
Tú algo sabías de estas cosas cuando nos dijiste: que los grandes imponen «cargas pesadas».
En tanto, tú nos decías: «mi carga es suave y ligera», y no te creímos.
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Tercera estación: Jesús cae por primera vez

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del profeta Isaías 53, 4-6
«Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados.»
Dios no se revela como el forzudo capaz de cargar la cruz como si no le pesase.
También El manifiesta su debilidad y flaqueza.
También El revela que el amor no se manifiesta en lo fuerte sino en lo débil.
Y ahí está ahora, caído bajo el peso de la Cruz, besando el polvo del camino.
El amor también se manifiesta caído en el suelo.
El amor también se manifiesta derrumbado bajo el peso de una cruz.
También Dios necesita que le ayuden a levantarse.
También Dios necesita de una mano en la que apoyarse.
Ser débil no es una desgracia, ni es ser menos Dios ni menos hombre.
Ser débil no significa ser menos útil para los hombres.
Ser débil y estar caído es parecerse más a nosotros.
Ser débil y besar el polvo de los caminos es ser una palabra de aliento para los débiles.
Sentirse débil y frágil es identificarse y acercarse cada vez más a nosotros.
¡Qué grande te veo, Señor, cuando te contemplo débil y tirado en el suelo como yo!
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Cuarta estación: Jesús se encuentra con María, su Madre

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Lucas 2,34-35.51b
«Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos». Su madre conservaba estas cosas en su corazón.»
Hay encuentros que duelen más que la misma Cruz.
Hay encuentros que duelen más que la propia humillación de condenado a muerte.
Porque hay encuentros que duelen en el corazón.
Porque hay encuentros que hieren el corazón de los demás.
Verte condenado y camino de la cruz ante los demás humilla.
Pero verte condenado y camino de la cruz ante los ojos de la madre, hieren el corazón del Hijo y de la Madre.
Ya no es tu dolor el que te duele.
Es sentir el corazón de la Madre que nada puede hacer por ti.
Es sentir el corazón de la Madre adolorido e impotente.
Es volver a sentirte niño a la espera de los brazos maternos.
Es volver a sentirte niño a la espera de la caricia de unos ojos que siguen amándote.
No es tu dolor el que te duele.
Es sentir que alguien sufre por Ti.
Es sentir que también ella está llevando su cruz sin que nadie se entere.
Es el dolor de todos los corazones de todas las madres sin poder estrechar entre sus brazos al hijo que ya no parece suyo, porque ya les pertenece a todos los hombres.
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Quinta estación: Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la Cruz

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Marcos 15,21
«Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.»
El camino del Calvario es el camino donde unos vienen a descansar y otros van camino de la muerte.
Es el camino del hombre que viene y de Dios que va.
Es el hombre y Dios que se cruzan en el camino.
Es el camino donde Dios necesita del hombre, aunque también él esté cansado.
Es el camino donde el hombre puede prestar sus fuerzas a la debilidad de Dios.
Es el camino donde el hombre puede prestar sus hombros a los hombros cansados de Dios.
Es el camino donde el hombre puede aliviar los cansancios de Dios.
Es el camino donde los hombres aprenden a sentir en propia carne el cansancio de los demás hombres.
Es el camino donde los hombres aprenden a olvidarse de sí para compartir la debilidad de los demás hombres.
Es el camino donde mis prisas no cuentan porque sé que alguien está sufriendo más yo.
Es el camino donde de los samaritanos tienen menos prisas que los buenos que van a rezar al templo.
Es el camino donde los hombres son más importantes que el culto en el templo.
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Sexta estación: Jesús se encuentra con la Verónica

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro de los Salmos 27, 8-9
«Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro».
Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mi.
No alejes con ira a tu servidor,
tú, que eres mi ayuda, no me dejes ni me abandones,
mi Dios y mi salvador.»
En el camino de la Cruz no podía faltar el corazón femenino.
No podía faltar la sensibilidad y la ternura femenina.
No podía faltar la valentía femenina que rompe las barreras y las prohibiciones.
La Verónica es como un pequeño oasis en medio del desierto del camino.
Un lienzo, tal vez el mismo delantal, acaricia suavemente el rostro ensangrentado.
Una mano llena de ternura limpia el rostro sucio de sangre y polvo de Jesús.
En medio de tanta injusticia siempre brilla una luz de esperanza.
En medio de tanta pequeñez de corazón, no puede faltar la ternura de lo femenino.
En medio de una charca de lodo, siempre pude florecer una flor que presta su belleza y su hermosura.
Siempre hay alguien que se sale del montón y rompe con la masificación de los sentimientos.
Siempre hay alguien que, donde todos condenan, pone una palabra de justicia.
Por eso, fue ella, la Verónica, la que pudo regalarnos el mejor y el único retrato del rostro de Jesús.
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro de los Salmos 22, 7-9.12
«Pero yo soy un gusano, no un hombre;
la gente me escarnece y el pueblo me desprecia;
los que me ven, se burlan de mí, hacen una mueca y mueven la cabeza diciendo: «Confió en el Señor, que él lo libre, que lo salve, si lo quiere tanto». No te quedes lejos, porque acecha el peligro y no hay nadie para socorrerme.»
¿Fue debilidad? ¿Tal vez tropezó con las piedras del camino?
Las razones sirven de poco.
De nuevo vemos a Jesús como acariciando la tierra con sus mejillas.
El camino no tiene la culpa de que alguien caiga bajo el peso de la cruz.
En el camino caen los débiles.
Porque los fuertes, los poderosos se mantienen en pie.
Pero no son los erguidos y orgullosos que detectan el poder, los que me salvan y salvan al mundo.
Son los débiles, los frágiles, los que carecen de poder los que nos salvan de verdad.
Los que están arriba nos aplastan.
Los que están abajo besando el polvo del camino nos ayudan a levantarnos.
Son los fuertes los que nos pisan.
Son los débiles los que nos enseñan a levantarnos.
Son los fuertes y los grandes los que destruyen nuestra dignidad.
Son los débiles los que nos enseñan a ser fuertes.
«Me glorío en mis debilidades, porque es ahí donde se pone de manifiesto el poder de la gracia de mi Señor Jesús».
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Octava estación: Jesús se encuentra a las mujeres de Jerusalén

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Lucas 23, 27-28
«Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos».
De nuevo lo femenino en el camino del Calvario.
Frente a la dureza del hombre, la sensibilidad de las mujeres.
Frente a la indiferencia de lo masculino, las lágrimas femeninas.
Las lágrimas no solucionan los problemas.
Pero consuelen el corazón y suavizan lo escabroso del camino.
Cuando uno ama de verdad se olvida de sus propios dolores.
Cuando uno ama como Dios ama se olvida de sí mismo.
Y ahora es Jesús, cargado con su cruz, el que trata de secar aquellas lágrimas.
Ahora es Jesús que deja de pensar en el peso de la cruz, y consuela a las que lloran por El.
Siempre tenemos algo que dar a los demás.
Las mujeres pueden regalar sus lágrimas de compasión y de afecto.
A Jesús cargando con su cruz, aún le quedan sentimientos para darles una palabra de aliento.
Nadie tiene tan poco que no pueda compartir algo de lo que aún le queda.
El dolor puede destruir el cuerpo, pero siempre queda el corazón para sentir y amar.
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Novena estación: Jesús cae por tercera vez

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del profeta Isaías 53,7-8.11-12b
«Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero
llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca. Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedió en favor de los culpables.»
Cuanto más se alarga el camino, las fuerzas comienzan a disminuir.
De nuevo la debilidad domina y vence el cuerpo de Jesús.
Cuanto más uno se acerca a la cima, tanto más las piernas acusan el cansancio.
No es fácil para el alpinista el último tramo para llegar a la cima de la montaña.
Tampoco es fácil para Jesús llegar hasta la cima del Calvario.
Cada vez, el camino se hace más duro, no porque sea distinto, sino porque las fuerzas le van abandonando.
Y de nuevo el signo de la debilidad de Dios configurándose con la debilidad de los hombres.
Por tercera vez, Jesús en el suelo, bajo el peso de la Cruz.
Es fácil luchar con nuestra debilidad al comienzo.
Pero luego termina por derrumbarnos y hacernos caer. Y de nuevo su cuerpo en el suelo.
Pero el corazón y el ánimo siguen mirando al final.
Se puede perder el equilibro, pero no la dirección.
La debilidad y las flaquezas no son la última palabra de la vida.
El motor es más fuerte que la carrocería.
Y el corazón es más grande que el cuerpo.
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Del Evangelio según san Juan 19, 23-24
«Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.» Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.»
Cuando se llega al final del camino lo único que queda es:
Un cuerpo cansado y sin fuerzas.
Y unos vestidos ensangrentados y sucios por el polvo.
Y aún esos están de sobra. También ellos estorban.
Para subir a la Cruz y morir no hacen falta vestidos.
Nacemos desnudos y morimos como nacemos, desnudos.
Desnudos de todo y de todos.
Desnudos de nosotros mismos.
Es el desprendimiento total que nos hace libres para afrontar la muerte.
Es la libertad plena para decir sí a la muerte.
Porque sólo con esa plena libertad podemos decir: «hágase tu voluntad».
Que los demás se repartan los vestidos.
Que echen a suerte la túnica.
Mientras tanto, el cuerpo de Jesús desnudo de todo.
Aunque no podrán desnudarle de su corazón.
Porque no podrán desnudarle de su amor.
No podrán desnudarle de su esperanza.
A la cruz se sube sin vestidos, pero no sin corazón y sin amor.
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Marcos 15, 23-28
Después de ofrecerle vino mezclado con mirra, que él no quiso tomar, lo crucificaron y se repartieron sus ropas, sorteándolas entre ellos.
Eran como las nueve de la mañana cuando lo crucificaron.
Pusieron una inscripción con el motivo de su condena, que decía: “El rey de los judíos”.
Crucificaron con él también a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: “y fue contado entre los malhechores.”
Manos y pies clavados a unos maderos.
Manos que ya no pueden extenderse y tocar y acariciar.
Pies que ya no pueden andar ni caminar.
Mientras tanto, un corazón para seguir latiendo fatigosamente, amando a todos.
Mientras tanto, un amor que sigue amando y perdonando y salvando.
Ellos mismos están escribiendo las señales pascuales de su Resurrección.
«Ved las llagas de mis manos».
«Ved las llagas de mis pies».
El dolor de los clavos encoge los nervios y tendemos del cuerpo.
Pero dilata la universalidad del amor.
Podemos clavar las manos y los pies, pero no podemos clavar el corazón.
Dentro de unos días, volverá a tener manos nuevas que volverán a estrechar las nuestras.
Dentro de unos días, volverá a tener pies nuevos que volverán a caminar con nosotros.
Mientras tanto, ahí queda su cuerpo clavado a unos maderos para hacerse un solo madero, el de la Cruz.
Ahora, ya pueden levantarlo en alto.
Ahora, colgado, dejará de ser espectáculo de triunfadores y será espectáculo que atraerá el corazón de los hombres: «cuando sea levantado en alto atraeré a todos hacia mí».
«Que la Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones».
Duodécima estación: Jesús muere en la Cruz

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Lucas 23,44-46
«Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio, Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.»
Los hombres han logrado lo que querían. Han triunfado.
Y Dios también ha logrado lo que siempre esperó. Ahora es el triunfo de Dios.
Morir no es dejar de existir.
Morir es dar paso a la vida.
«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto;
pero si muere dará mucho fruto».
Mientras unos celebran su triunfo humano, el triunfo del poder y se quitan de en medio a alguien que les estorbaba, Dios también celebra su triunfo:
Celebra el triunfo del amor:
«nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos».
Celebra el triunfo de la salvación del hombre:
«Dios envió a su Hijo no para condenar al mundo sino para salvarlo».
¿Qué hace Dios en la Cruz? Revelarse como Dios, como amor.
¿Qué hace Jesús en la Cruz? Revelar el rostro y el corazón de Dios.
¿Qué hacen Dios y Jesús en la Cruz? Revelar la dignidad y la importancia del hombre.
¿Qué hace Jesús muriendo en la Cruz?
Dar su vida humana para volver a la vida divina.
Dar su vida para que los hombres tengamos vida.
Dar su vida para enseñarnos a los hombres a amar.
Dar su vida para convertirse en Evangelio.
«Te adoramos, Cristo y te bendecimos, porque con tu santa Cruz redimiste al mundo».
Decimotercera estación: Jesús es descendido de la Cruz

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Mateo 27,55-59a
«Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, Maria, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia.»
Del anuncio del Ángel al seno virginal de María.
Del seno de María a un pesebre.
De las manos de los hombres a la Cruz y a la muerte.
De la Cruz, de nuevo a los brazos de la Madre.
En Belén, María acarició las tiernas carnes de Dios hecho hombre.
En el Calvario, María acaricia las carnes rotas y ensangrentadas del Hijo muerto.
Ella nos lo entregó generosamente con su maternidad.
Ahora nosotros se lo devolvemos cadáver, fruto de nuestros egoísmos.
María no entendió cómo Dios podía latir en sus entrañas.
María no entendió cómo Dios podía nacer como cualquier niño y en un pesebre.
María, tampoco entiende ahora, aquel cuerpo sin vida tendido en su regazo de madre.
Para los demás está muerto.
Para ella está muerto pero vivo.
En medio del dolor de madre, en su corazón alumbran las primeras luces de la Pascua.
El Hijo ya no sufre. Ahora sufre la madre.
«Y María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón».
«Oh María, las dulces llagas graba en mí del Hijo amado, por mi amor Crucificado»
Decimocuarta estación: Jesús es enterrado en el Sepulcro

V/. Te adoramos Oh Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según san Marcos 15,42-47
«Era día de Preparación, es decir, vísperas de sábado. Por eso, al atardecer, José Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y Maria, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.»
Virgen fue el vientre que le prestó su Madre.
Virgen es también el sepulcro que le prestaron unos amigos.
La madre le prestó sus entrañas para nueve meses.
Los amigos le prestan el sepulcro para tres días.
No lo necesitaba más tiempo.
Tres días eran suficientes para quien resucitaría al tercer día.
Vacío estaba cuando lo sepultaron. Estaba de estreno.
Vacío lo dejó al resucitar. Estreno de todos los nuevos sepulcros.
Sin El la tierra parecía vacía.
Y la tierra volverá a sentirse llena con su presencia pascual.
Todos lo creían encerrado tras la pesada losa que rodaron a la entrada.
Todos sentían el frío del miedo y la cobardía con las puertas cerradas.
Una especie de sepulcro para quienes se quedan encerrados en la muerte.
Un especie de sepulcro para quienes no creen en la vida.
Cuando van de madrugada el sepulcro estará vacío.
Pero El estará vivo entre las flores del jardín.
Y los corazones volverán a revivir. Y todo comenzará de nuevo.
«Anunciamos tu muerte. Proclamamos tu Resurrección».
Reflexión Final
Las únicas preguntas que caben al pie de la Cruz son:
Señor, ¿tan importante soy, para que hagas todo esto por mí?
Señor, ¿tanto me amas, para que hagas todo esto por mí?
Señor, no te pregunto ¿de qué has muerto?
Te pregunto ¿para qué has muerto y por quién has muerto?
Y luego “meternos enteros dentro de sus llagas
y dejarnos rociar por la sangre fresca que aún corre por ellas”.
Verte ensangrentado y vernos ensangrentados por tu Sangre.
Ante tu Cruz solo nos queda “el misterio de adoración a tu amor”.
